ISABEL DE LOS ANGELES RUANO

(1945)


A LUIS CERNUDA

 

Viejo solitario de la tarde,

te veo con tu vaso de ron, escribiendo

tu tristeza de niebla, trajinante

como una yegua loca, sorbiendo lentamente

una lágrima gris, deslucida, amarillando

junto a la briosa estación del verano.

Te veo envuelto en papeles oscuros

en el departamento quieto, separado

de la ciudad, caminando en sigilo,

viendo que gota a gota se te escapaba el cielo,

huyendo en la bruma metálica de la lluvia,

resguardado en los terribles potros que

cabalgaban

tu antiguo vicio de llorar despierto.

Te resucito en las pavesas alejadas

en las remotas playas del insomnio acezante

y en los inquietos torbellinos de espera.

De niño te encuentro en un caserón deshabitado

y siento crecer en ti brillantes mariposas,

el júbilo de los cuerpos desconocidos

deseados en cualquier parte.

Te quiero en ese resplandor de miedo voluptuoso

donde nació el acento melancólico,

en las ventanas del sueño, en ese gemir suave

de adolescente incendiado en el otoño,

te quiero en el vaivén de habitaciones olvidadas,

ignorado en escalerillas fantasmas,

amarillando una angustia sin nombre,

tragando besos sucios a hurtadillas del día,

comprando una primavera inexistente

bajo un silencio de sombras y sábanas revueltas.

Te busco guarecido en oscuros cinematógrafos,

hundido en cualquier esquina, pensativo,

rumiando tu ingenuidad desmelenada,

sentado en algún bar, fugitivo en derrota,

oyendo un vulgar silbido de jauría,

almacenando siluetas, rompiendo espejos falsos,

lanzando amargas flechas sin respuesta.

Y te gustaba pasear sobre los puentes,

sentir correr los ríos, oír el mar,

te esfumabas con las volutas del ocaso

y mirabas de vez en cuando a las estrellas.

A veces te dolía la vida, casi recuerdo tu gesto,

tu voz taciturna, aquellos ojos que se perdían

tras una lejanía invisible,

tus manos desgranadas en las puertas del alba,

la canción siempre hirviendo en tus torres de espanto,

el violín cabizbajo que reptaba tu ensueño

la máquina de escribir que te seguía

y los discos de jazz disfrazándose en la penumbra.

Entonces añoro las cortinas regadas en torno tuyo,

ese misterio vacío, esa leyendas de avenidas esparcidas,

la guitarra del viento acompañada de roncas voces,

las vacilantes perspectivas de los desvanes macilentos,

el suicidio de peregrinas campanas desquiciadas

desapareciendo en las esclusas derruidas del tiempo.

Añoro las dispersas ansiedades que desgarraron

tu vibrar de avecilla desgajada al invierno,

tu displicente recorrido de espermas apagados,

la aguja que rompía tu vibrante relámpago,

la cuchilla del sexo trepanando tus nervios,

tu tibio abrazo dulce de ruiseñor tremendo,

las noches en que el mundo te crujía insepulto

tras una cordillera de plumajes azules,

la rosa que perdiste en las veredas náuticas,

la emoción presentida, los caminos abiertos

a tus zapatos que hollaban las inciertas regiones

donde un ancla de bermellón ataja los placeres prohibidos

tras las puertas abiertas desbocadas al sueño.

Te siento pasajero, de una inmensidad amorfa

viviendo en las filas de los que retan, en esa

difícil soledad de ir cargando una cantidad de

absurdas cosas,

entre fórmulas aparatosas y obligadas,

en una pirámide de aburrimientos continuados,

y el hastío de ir repitiendo historias

en evasiones que se esconden en laberintos

dislocados, en ese rugir sordo que nace y quema,

en la protesta que vuelca y hiere

junto a las murallas.

Porque llega la hora en que ya nada importa

y entonces explotaron tus versos, te regaste

como una erupción incandescente, como una lava

violenta.

Porque morías en la secuencia de las semanas

de disecadas focas, en las farolas mudas

que quiebran los anhelos caracoleantes,

en los lechos abandonados, en los cocodrilos

de taxidermia inconclusa, en los años que doblan,

en ese instante de ya no sorprenderse,

en ese susto repentino que arrasaba, desolador,

temible, en la repentina voz que aullaba

exigente, profunda, en un fluido de fiebre

como una líquida plataforma que te llevara.

Ahí estaban las azoteas del hielo,

el grito partiéndose en pedazos,

la atribulada pesadumbre de repartirse,

de huir, de esconderse en suburbios pedregosos,

de ser frágil, de humo, efímero, de sólo aventar

un ruego caldeado en disgregados cristales,

en un frío que recorría callejones sonámbulos,

intemperies agonizando bajo epilépticos alambres

sincronizados al fúnebre estertor.

Y te esfumabas en la sangre disuelta de los

cadáveres morados,

en la serenidad del paseante

que violaba las tiránicas ataduras, en la fiera,

inextinguible antorcha que encendías, en la valiente

y dolorosa actitud de ser tú mismo.

 

 

LA NOCHE

 

Qué edad, qué frío, qué tormenta

puede ser más terrible

que una noche

a solas,

una noche sin nada, una caverna

olvidada, un pasaje secreto,

de hielo.

Y digo una noche a solas

una noche de tiempo.

Y no hablo de sexo

ni del calor de un cuerpo,

no hablo de alguien, de algo,

hablo de una noche a solas

frente al universo,

en el infinito,

a solas con el cosmos chispeante,

con preguntas fósiles,

con nosotros mismos,

con todo.

 

 

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