ANA MARIA RODAS

(1937)


LA SUPERVIVIENTE

 

Me habita un cementerio

me he ido haciendo vieja

aquí

al lado de mis muertos.

no necesito amigos

me da miedo querer porque he querido a muchos

y a todos los perdí en la guerra.

Me basta con mi pena.

Ella me ayuda a vivir estos amaneceres blancos

estas noches desiertas

esta cuenta incesante de las pérdidas.

***

¿Dónde te has escondido en este tiempo?

Bajo tus mismas faldas.

Enfundada en tu propia fortaleza negaste la evidencia.

¿Qué evidencia

puede haber si no vas a un entierro?

¿Quién ha muerto en esta eterna primavera?

¿Quién puede morir en este lugar de cielos y volcanes

que se reflejan siempre en los maizales verdes?

¿Quién soy yo para sentir, ahora, después de la década perdida

este infame dolor que me destroza el pecho?

Soy la superviviente. La que cerró los ojos

y se llenó las orejas con cera.

La que pasó junto a las rocas sin escuchar las voces.

Ciega por propia voluntad para evitar la visión de los buitres

limpiándose los picos con los huesos.

***

Si te emputa saber que tu voz es sólo el eco de otras voces

que esa sangre, esas entrañas

ya fueron evocadas antes,

¿quién puede usar otra palabra para decir sangre?

¿quién ha inventado un nuevo término para expresar la muerte?

 

 

 

DESAPARECIDOS

 

Qué extraño ser es ese

que no entiende

por qué escribo desapareció cuando alguien muere.

Que me enseñe la lista de sus muertos.

Todos en la cama, por supuesto

y a respetable edad.

Mire esta mía: cortados prematuros

pisoteados, maltrechos.

A mí no me tocó la suerte

de cerrarles los ojos ni rezar nueve días.

Fueron uno tras otro. Y por el miedo

y el dolor

y la angustia

no tuve tiempo de investigar

cómo

quién

ni por qué.

Pero me consta que desaparecieron.

 

 

DESACUERDO

 

No me hablen de nada.

Esta noche no estoy para palabras

ni discursos

sobre los acuerdos de paz en ningún lado.

¿Qué paz acordaron en mi nombre?

¿Quién les dio permiso para hacerlo?

Ninguno de esta lista interminable

que llevo entre las manos

dijo

adelante, firmen ese convenio.

A mí no me pidieron opinión cuando los grandes

decidieron que una guerra

si se enfriaba

podía jugarse mejor en patio ajeno.

Soltaron su veneno,

se sentaron a contar ganancias

a competir por esculpir la Luna.

Mientras tanto

aquí, como si nada, se acumularon muertos

y desaparecidos

y exiliados y odios.

Cuarenta años duró el juego.

A mí no me fue mal, aún estoy viva.

Pero esta lista, esta lista que me hace llorar cuando la leo

es la factura final de aquel convenio.

No me vengan con sellos a estampar un cancelado.

Aquí no se cancelan los afectos

ni los llantos, ni la sangre derramada

ni la memoria de los muertos.

 

 

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