La señal de la aurora
la traían en su corazón
POPOL VUH II, CAP. VI
1
No podemos encender la hoguera
Mojado está el bosque
podridos están los troncos
No podemos quebrar los colmillos del frío
Arrancar
Y recobrar nuestros huesos entumecidos
En la humedad del agua
nos ha tocado prender la hoguera
En la oscuridad de la noche
nosotros somos la región más espesa
A oscuras sesionamos bajo la helada
Y conferenciamos sobre nuestro qué hacer
De cómo allí los muertos continúan
jugando un gran papel en la guerra
De qué manera se escogen entre todos
Quiénes llevarán a la espalda el mayor peso
en los ratos
de agudo peligro
Acérquense los del fuego
los enamorados de la vida
Nos calentaremos con estos nuestros corazones
Hechos leña bajo este rudo temporal
Pero contentos
9
Ya sé que te deshojas, carnal,
por mí. Te abres y te diseminas.
Pero eso y la sabiduría de tu instinto,
la alcoba siempre perfumada para mí,
la copa de ararat, las grabaciones
de música oriental,
las sábanas cada noche pulcras y tibias,
esta riqueza y la otra, la de tu corazón,
para mí ya no tienen precio porque yo mismo
ya no estoy aquí.
En la otra orilla del mar, ceñido a la fiera,
mi hermano revuélcase a los pies de la muerte.
Y a mi hermano, ¿quién otro sino yo
tendría que darle una manita?
No hables. Este que ves ya no es Roberto.
Déjame, pues, partir.
Tu paraíso para mí sería un calabozo.
Suelta las amarras. Aparta la dádiva
de tu aliento.
Permite que me vaya. Me iré sólo.
Paso a paso regresaré en la oscuridad,
orientándome por el resplandor de las hogueras.
II
(paréntesis para hablar de mi poesía)
De mí alguien ha dicho que mi verso
es exquisito
Que lo diga Pedro Saad h. que estaba presente.
Deliciosa, decían, la metáfora, rítmica la corriente
del subsuelo.
Complejo el pensamiento urdido.
Y yo, qué pienso?...
No sé. Posiblemente tengan razón.
Creo -es nada más un creer-
que de mi poesía bien podría hacerse
el arco
con que una gacela traza la mañana.
La pulpa de unos labios, deshechos en silencio,
en la oscuridad.
Ojo de agua
en la garganta agrietada de una pradera.
Llamarada para fundir cadenas, consumir cepos.
Por los menos, señores, yo me he esmerado en hacer una red
para la vida.
Claro, claro. A pesar de todo lo bueno que hay en ella
no sería extraño que al convertir mi poesía
en puente (puente por el que pase el alma de mi pueblo)
nada habría de raro
que debajo estuviera defecando algún cristiano.
A Olga Kómonova
Aprehender, sí. Primero asimilando
los matices y contornos ocultos.
Lo húmedo, lo tibio, y sin soy afortunado
el rumor de tu sangre abriendo zanja en la vida.
Loco de mí. Inocente. Como si teniéndote
sería yo el señor de tus trigales
y tus bosques de abedul copados de nieve.
Como si estrujando en mis manos
un ramo de espesa malaquita,
o segando una espiga de ámbar
y el aliento de la estepa en el vino,
desvelara tus rosadas yemas impresas en mi piel
y disolviera tu trayecto en mis pasos.
Pobre de mí. Y qué formas más antiguas
de tenderte una celada a las ciegas
y remotas fuerzas de la tierra.
Qué manera más primaria de cazar las cosas.
Loco. Grabo tu adjetivo y tu risa,
tus piernas en la lluvia
y la comisura de tus labios tristes.
Desentraño con presteza tu imagen
y en seguida, como lo hacían mis abuelos
en las grutas cuajadas de estalactita
(allá en Cobán), bailo sobre un solo pie
ante los primerísimos jaguares
que se introdujeron en el arte,
ante los tecolotes y las monos y las culebras
para siempre inmovilizadas en la piedra.
Loco de mí -me parece discurrir
antes de la gran claridad,
y creo haber penetrado lo oscuro.
Solamente porque he logrado dos, tres líneas
y haber recogido tu levadura en mi palabra,
por haber capturado a todo un pueblo
introduciendo mi mano en ti.
Nada más por haber agarrado tu carne
el pulso herido de la tierra.
Desgraciado de mí: construí un calabozo
para enlazarte.
Y en él me he quedado encerrado
y gritando por salir de tu pecho.
Tú no conoce el mar. Estás confundida
con la estepa. Aseguras. Y no sabes.
El mar desflora oraciones de agua
y las despliega del azul al verde.
La estepa hinchada de trigo
oye pasar conversaciones
que el viento corretea desde distancias remotas.
En ella las piedras duermen con la espalda a flor de tierra
y los búhos miran de día. Son diurnos.
(Eso les pasa por vivir al aire libre)
No sabes -no asegures.
Lo que ha de causar confusión en ti
es la sensación de profundidad.
Pero en el mar la sensación es vertical
y es horizontal la profundidad de la estepa.
¿Qué noticia tienes tú del mar, dime,
de las embarcaciones que enraizaron en el fondo,
del concéntrico rumor del caracol, de tesoros callados?
No, Olga. La estepa te tiene hechizada
y tu corazón la arrastra como una túnica.
Reconócelo. Tú no entiendes de estas cosas.
Lo que sí sabes a ciencia cierta
es que yo,
desde tus pies hasta hacerte entrecerrar los ojos
desde tus profundidades despunto
como un duro arrecife de coral.
*ROBERTO OBREGON. Nació en el departamento de Suchitepéquez en 1940. Miembro del grupo Nuevo Signo. Poeta, ensayista y traductor de poesía rusa. Vivió
algunos años en Moscú donde estudió filosofía. Al volver al país participó
en el movimiento revolucionario. En julio de 1970 fue capturado en la
frontera entre Guatemala y El Salvador por el ejército de este último país,
sin que se volviera a saber de él. Obra poética: Códices (publicado en ruso)
El aprendiz de profeta, La flauta de ágata, El fuego perdido y La sonaja
perdida. (Estos poemas fueron incluidos gracias a la colaboración del poeta Francisco Morales Santos).