En fin, que así fue, y ésa es mi vida. Toda una vida... Vida que he dado entera. Porque habia que defender el sueño revolucionario, eso nos reclamaban los izquierdistas del mundo y los Latinoamericanos: resistan, resistan. Y nosotros, ahí, de machitos a todo, o hembritas a todo, resistiendo, un, dos, tres, y cuatro, comiendo mierda y rompiendo zapatos, marchando en las filas de los entusiastas, la generación de los felices. Jodiéndonos por tal de defender la ilusión de los otros, el sueño de los otros. Me pregunto, ¿por qué algunos de esos turistas ideológicos que tanto exigen y que tan contentos estaban con este proceso, y que hoy abandonan al pueblo cubano, por qué no se asilaron aquí, y vivieron aquí, en las mismas condiciones que nosotros? Porque no es menos cierto que muchos de ellos se instalaron en esta ciudad, y gozaron de barrios residenciales donde ninguno de nosotros podía poner los pies, y consumían en tecnitiendas, sin libreta. Es la historia mierdera de este país comemierdero, dar al que viene de afuera, tanto sacrificio por los ajenos, y ahora nadie se sacrifica por uno. Un ruso o un angolano poseían más derechos que un habanaviejero del Callejón del Chorro, recuerdo a un africano con la cara llena de cicatrices, de esos tajazos que les hacen al nacer en las tribus, sacarme violentamente de un taxi, sólo porque él era angolano. En otra ocasión, fue un bolo, perdón, un soviético, quien de un empujón me lanzó al suelo, y caminándome por encima de la espalda, se me coló delante en la cola del Mercadito de Línea, para comprar jamón plástico, argumentando que era un hermano soviético y técnico extranjero. ¿Y a mí qué? Yo, a Uzbequistán, ni siquiera la sabía puntear en el mapa. Sin embargo, África, aunque tampoco me había interesado mucho en su situación geográfica. -por lo menos en esa que presentan las películas hollywoodenses donde a cada cinco segundos tienes a un león delante, una manada de elefantes, una serpiente del gordo y del tamaño de un acueducto central y cientos de negritos desnudos en posiciones semisalvajes, cada cual con una trencita en el centro de la cabeza anudada, en el mejor de los casos, por un huesito de pollo, en el peor por uno humano-; si bien no era una africanóloga, por lo menos tenía bien clarito que de por aquellos lares descendía buena parte de mi cultura y de mi religión. Porque aquí, el que no tiene de congo tiene de karabalí. Lo cual, igual, no constituía un pretexto para que el becado angolano viniera a de s quitarse conmigo la esclavitud en la época colonial, y me arrebatara el puesto en el taxi. A veces, lo demás, era estúpida fatalidad lingüística, figúrense, con tantos nombres raros, y tantos jefes de tribus convertidos en jefes de estados, era una batalla campal con la memoria; en cierta ocasión nos obligaron por el sindicato nacional de los trabajadores a recibir a otro proveniente de África mía, y aquello se acabó como la fiesta del guatao, porque de momento armamos una rumba, muy espontánea, que cantaba: Nyerere, Nyerere, venimos a recibirte sin saber quién eres. Pero los sueños, sueños son. Ya lo dijo Calderón de la Mierda. Que la vida es una barca. Perdón, ¿no es a la inversa?