TUS OJOS

Todo el mundo en derredor, marchando interminablemente, como si fueran parte de un baile, pero de un baile de indiferencia humana.

Ellos no entendieron tu larga vela y yo todavía no descifraba el lenguaje de tu mirada.

Todos los días desde que el alba despuntaba, hasta que el sol se consumía por entre los cerros, tus ojos estaban ahí, buscando la respuesta a los años de espera, observando los pasos de todo el que pasara por tu lado.

Tus ojos se tragaron la calle, las esquinas, la puerta grande de tu casa. Yo vi días, noches, reflejados en tus ojos, grabados como fotografía borrosa y obscura. Fue una década de ver el mundo con tus ojos, de medir cada centímetro de la acera, hasta las dos esquinas.

Este día va a venir me decías con la mirada, por eso no voy a salir, y yo con el tiempo de infancia no comprendía tu necedad, la incansable espera.

Cuando la adolescencia surcó por mi vida, te quise decir más de alguna vez que ya no lo esperaras, que ya no vendría, que su muerte - pensé - era la respuesta a tu libertad, pero comprendí que seguía vivo en cada pestañeo de tu mirada. Ese fue tu castigo, no enterrarlo, no saber donde lo dejaron.

En las tardes de mi juventud, cuando te encontraba sentada afuera de tu casa, me decías que pronto vendría, que de seguro no se acordaba de su madre y en su despreocupación no había escrito.

Por eso no abandonabas tu casa, para enseñarle que siempre estuviste esperando aunque fuera un recado, a alguien que pasara y se detuviera en tu puerta y te dijera que lo habían visto, que pronto estaría a tu lado, que el camino se le olvidó, pero no el amor hacia ti.

Por eso tus ojos se tragaron las calles, para guiarlo en el camino que él desandaría cuando regresara a tus brazos, como cuando niño, y ya no lo regañarías, no le mostrarías todos los años de soledad y esperanza, solo le ibas a enseñar con tus ojos la larga espera, los segundos que se volvieron siglos, en tu mirada.

Te vi reír y a veces entristecerte cuando mencionabas su nombre, algún día lo vas a conocer, me dijiste con tanta certeza que me pareció cierto.La noche que no volvió, lo saliste a buscar por todo el pueblo, después a la cárcel, incluso a la morgue.

Tus lagrimas acompañaron a cada cuerpo destrozado, que a diario aparecía; buscando y negándote a reconocerlo entre los muertos.

Con los años te fuiste a sentar a la banca de tu acera, y decidiste esperarlo hasta el agotamiento. El tiempo no pasó por tu mirada, siempre te vi sentada con esa esperanza que me hundió en la tristeza.

Cuando me fuí del pueblo hacia la capital, te quise gritar que lo habían matado, que tu espera era en vano, pero vi tus ojos a través del vidrio, clavados en la idea de verlo aunque fuera por última vez, y me obligaste a despedirte entre lagrimas silenciosas.

Al regresar, no quería verte en la misma actitud, pensé llevarte por los nuevos caminos del pueblo, contarte que descubrí miles de sueños, que nos traerían la felicidad. Que tus lagrimas nunca estuvieron solas, que miles de rostros como el tuyo andaban también en la búsqueda. Pero te encontré tendida en la cama, balbuceando su nombre, y las palabras se me ahogaron. Solo te sonreí cuando me dijiste que si lo encontraba le dijera que su madre nunca se olvidó de su rostro.

Te quise decir que finalmente te reunirías con él, que tu espera no fue en vano, que tus ojos lo verían atravesando la esquina hasta llegar a la puerta de tu casa y te colmaría de abrazos y besos, diciéndote al oído: “viejita linda”. Pero antes que pronunciara esas palabra sonreíste mientras dormías para siempre y comprendí que desde mucho tiempo lo sabias.

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