Bonitas historias que vienen del pasado: Alberto Verdugo

Paco Ignacio Taibo II ( Mexico )


El nombre completo era Alberto Verdugo y Sáez de Miera, y no se poede llegar a los trinta y cinco sin perder parte ( o la totalidad ) de un nombre tan largo. Por eso no hay preocupación mayor en que me llamen: el licenciado Verdugo. Tiene gracia recobrar el nombre rancio convertido en apodo: El Verdugo, el rematador final de los sueños, el ejecutor, el asesino legal. Tampoco importa demasiado que el carácter haya amargado las inlusiones, si alguna vez las hubo; si puede llamarse inlusión a un conglomerado de vagas aspiraciones que se elevan, descienden y se convierten en pretextos y no guías para vivir. Lo único coherente es la voluntad de ir máa allá. Verdugo de mis sueños. Pero sobre todo, verdugo de los proyectos que se hicieron por mí y para mí, verdugo de las voluntades paternas que se hacían administrador de haciendas, dueño de voluntades campesinas, propietario fabril con viaje a Europa anual en barco de la Ward Line. Contra eso fue la rebeldía y la apuesta. Como automóvil desbocado en el paseo de la Reforma corro contra lo que quisieron que fuera, y sigo corriendo aunque la meta no existe y la ausencia de triunfo es evidente. Ya no quedan el padre y la madre que inventaron aquella camisa de fuerza, ya ni siquiera queda la hilacha de lo que la camisa de fuerza fue. Convertí el título de abogado en modus vivendi para un licenciado de putas, nada mejor, peor pude haber hecho con el papel sagrado cuya función original era ser colgado en las oficinas centrales del cementerio porfiriano en que mi familia vivió y murió. Queda la burla de los tres años pasados en Italia estudiando. No, algo mejor. Queda una traducción de Malatesta al español, prueba de aquellos años. Traducción que, firmada y dedicada, hizo que le saliera espuna rabiosa al tío Ernesto cuando se la puse sobre el escritorio, espuma verdosa cuando la recité con voz melosa ( la voz sí se quedó, no hay fuga sin testimonio ) aquello de : "El enemigo no será el que haya nacido al otro lado de las fronteras, ni el que hable un idioma diferente del nuestro sino el que no tenga razón, el que quiere violar la libertad y la independencia de los otros". En fin, ahora que la casa familiar es sólo ruina, y uno puede pisotear los escombros, que algún cañonazo perdido esparció durante la Decena Trágica, puedo llevar al hogar el sombrero de ala ancha, símbolo del hombre de la noche. Sobrero conocido en cabarets, cantinas y burdeles de todo el Distrito Federal, sombrero gris perla robado del perchero de la entrada al hermano de un ministro de Don Porfirio, que lo usaba para todos los días domingos, por informal y resistente. Puedo quitarme el sombrero, sacudir el aire con su filo, saludar las ruinas del hogar y decir: "Aquí donde me ves, he triunfado, nada de lo que quisieron que fuera soy; nada de lo que pretendieron que tuviera tengo, nada ha quedado. Nada ha dejado".

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