Un güegüe me contó ( segunda parte )

Cuento infantil Nicaragüense
María López Vigil

Un poquito después del principio empezaron a llegar hombres, mujeres y chavalos.
Por aquellos tiempos lejanos, que ya nadie recuerda, ni doña Tula, las tierras
de América, desde más al norte de lo que hoy son los Estados Unidos hasta
la mera Patagonia, al sur más al sur, estaban vacías de gente pero repletas de animales.
Nuestros abuelos abuelísimos vinieron a cazarlos. Hicieron viaje de muy largo:
del Asia, de oriente, de donde nace el sol.
Un día que no está escrito en ningún calendario agarraron sus calaches y vinieron para aquí.

- Unos a la bulla y otros a la cabuya.

Legaron en molote, llenando de a poco todas las tierras de América.
Tambié en molote llegaron hasta Nicaragua. Y al mirarla, decían los abuelos chinos:

- ¡Chocho, qué tierra más pijuda!

Se instalaron aquí. Eran tendaladas de animales las que había: bisontes,
elefantes peludos llamados mamuts ( de esos que sólo pueden mirarse en los museos ),
tigres dientudos y caballos con colochos y venados y chanchos de montes...

Todos eran animales buenos para hacer carne asada.

De a poco, los abuelos chinos ya fueron teniendo la piel del color del contil.
- Ya éramos indios, pues.
Aquellos primeros nicaragüenses se fueron instalando por todas nuestras tierras.
Unos por los bosques del norte, desde Teocacinte buscando al este, otros por
las orillas del Coco buscando el Atlántico.
Unos en las montañas del centro y otros junto a los lagos.
Unos al occidente y otros al oriente.

- Cada lora a su guanacaste.

Donde más gente se arrejuntó fue a lo largo de la costa del Pacífico.
Aquellos primeros nicaragüenses no tocaban aún la marimba ni bailaban
palo de mayo, no comían ni rondón ni gallo pinto.
Eran tiempos demasiadísimo antiguos. Los nicas aquellos eran arrechos a cazar.
Cazaban y pescaban. Y como sabían hacer el fuego se preparaban un almuerzo soñadito
con carnita de monte o con un guapote frito. También bailaban, jugaban,
reían y contaban cuentos. Eran felices y eran parejos. Porque eran parejos eran felices.
Mujeres, hombres, niños y viejitos: todos parejos.

- Es correcto: a nadie le falta nada y a nadie le sobra nada.

Pero la historia siempre tiene sus bandidencias. Cuentan que algunos de aquellos cazadores
hicieron sus casas en Managua, junto al lago, y que un día, a saber por qué vaina,
el abuelo Chepe-Nepej amaneció gritando:
- ¡Quiero pinol!

Para aquel entonces nuestros abuelos no conocían ni la siembra ni la tapisca.
Ni idea tenían del maiz y mucho menos sabían qué fueran el pinol.
Por cuenta fue grande el asombro por la necedad del señor,que gritaba y gritaba:
- ¡Quiero pinol!

Y dicen que tanto gritó aquel jodido que Managua entera se alborotó.
Y todo mundo se preguntaba:
- ¿Qué chunche será ese pinol?

Y era una sola infanzón por donde la casa de Chepe-Nepej, una cuadra al lago media al sur.
- ¡Quiero pinol! ¡Quiero pinoooool!!!!

Y después de una hora, de tres horas, como nadie le daba pinol, Chepe-Nepej,
de malcriado, agarró una hacha de piedras bastante filudita y, zacaplás, la levantó
por encima de las cabezas de todos. Al verlos así tan bravo, los managuas, y hasta
los venados y los bisontes, salieron en carrera hacia el lago.
_¡Quiero pinol! -gritaba Chepe-Nepej-, ¡Quiero pinol!! -gritaban todos-. Y todos corrían.

Y cuentan algunos que aquel mentado día del pinol, el molote que se armó fue tan
tremendo que el lago y los volcanes también se alborotaron.
Y cuentan más: que los tres volcanes de Managua, el Asososca, el Nejapa y el Tiscapa
se les removieron las tripas como que tuvieran currutaca y cocinaron ligero una lava
calientísima que llevaba piedras, cenizas, fuego y toda chochada y burumbumbún,
estallaron. El río de lava y la lluvia de cenizas alcanzaron a los managuas
mientras unos corrían de allá para acá y otros de acá para allá.
Aquel ayote terminó ahumado: el fuego ardiente les quemó el fundillo a todos.

- ¡Por este baboso que quería beber pinol, terminamos desmambichados!

Y le echaba verbos al mañoso de Chepe-Nepej. La huellas de los que corrieron
en aquel molote quedaron marcada para siempre en el lodo que vomitó
el volcán por el rumbo de Acahualinca. Y hasta el día de hoy se pueden mirar.
Hay otras muchas historias sobre esas huellas.
Esta del pinol es una no más, por cuenta no la más cierta.
Dicen que sólo iban cazando un bisonte
o que salieron de paseo o que hacían viaje con sus maritates o que .... A saber.

Pulsar aquí para ir a la primera parte de Un güegüe me contó.

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Este documento fue creado en Octubre de 1998
por Armando José García Salinas - ©1997