En qué voy a creer
ahora.
que te has decidido a no mentirme;
si me estás cantando a todas horas
eso que no quiero preguntarte.
Porque en tus
términos lo pides,
hago el balance -la cadena-
de mis deudas y mis posesiones
en el libro donde debo todo,
donde nada mío se establece.
Y tú tan
tranquila. Me acabaste;
ni adiós me dijiste. Solo y mi alma
partida a la mitad, me abrumo.
Ay, qué esperanzas
que yo pueda
dejar de vivir penando. Al irte
me cariaste el placer: avara,
de tus recuerdos me recoges,
en tus basureros me atesoras.
Dando esta canción
de limosnero,
me restaño; la ilusión me formo
de no sentir dolor, seguro
por las compasiones que me hago.
Y te lo digo: me
avergüenzo
de haberte hecho tu corona de oro.
Hoy te la quito:
con no lamentarme te destrono.
Aunque disfrutada por trescientos,
aunque pretendida, sola mueres.
Se sabrás de ti
porque yo quiero
hoy escribirte, y aquí, tu nombre;
es lo de menos que tú existas.
Y no te voltees a
mirame
ya, como antes.
Pero qué ojos tienes,
cómo te endiosas caminando.
¿Dónde estabas
cuando me miraste;
en qué regazo, entre qué ramos
de flores, confiado me mecía?
¿Me segaste con qué guadañas?
Amachado, me
aguanto. Miento.
Te buscaba, y no. Para cumplirte
vengo a llorar, como los hombres,
en donde no hay nadie. Así me quiebro,
porque doblarme nunca supe.
.
Comentario o sugerencias
al Editor
Volver al índice
|