La Bomba de Castrones

Carlos Alberto Montaner ( Cuba )

Los ingenieros yanquis, como siempre, han hecho las cosas al revés. Los norteamericanos han construido la bomba de neutrones, un grosero artefacto, sin imaginación ni clase, que mata a la gente y deja el entorno intacto. Mucho más sutil, diabólica y perverso es la bomba de castrones. La bomba de castrones diseñada en Cuba por el científico Fidel Castro, summa Cum Lande de la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, rigurosamente probada en el atolón de La Habana, es un terrorífico ingenio que destroza, aniquila, barre, apabulla, desmenuza y pulveriza el entorno, pero deja a la gente viva, ¿Se inmagina el lector qué refinada crueldad? Una bomba que no quita la vida, sino la civilización. Está usted tomando café y fumándose un habano, tranquilamente, en un rincón del siglo XX y de pronto, y por los próximos veinte años, le cae en la cabeza un incesante bombardeo de megacastrones que le evapora el café, le raciona el habano, le desaparece el papel higiénico -lo que no llega a ser tan grave, porque también le suprime la comida-, y le fulmina el transporte, conviéndole cualquier trayecto en una hazaña himaláyica. Y usted, medio atontado aún, descubre que los pocos taxis que han sobrevivido, enloquecieron por el efecto de las radiaciones, y no paran nuncan, como si hubieran descubierto el movimiento continuo. Y luego nota con tristeza que el intenso calor ha destrozado las peliculas interesantes y sólo sobreviven los bodrios blindados de cine stalinista. Que no hay camisa, ni pantalones, ni medicinas, ni zapatos, ni desodorante, ni sostenes. Que no hay agua. Que la corriente alterna ha tomado en serio su apellido y se va y viene cuando le da la gana. Que la vida cotidiana del siglo XX, esa de apretar un botón y hágase la luz, o de aflojar una llave y gágase la ducha, o de darle vuelta a un disco y hablar con la remota tía, se ha esfumado. Porque lo que se escapa al galope, ligera, es su época, y la titánica lucha del cubano, como si fueran los mambises contra H. G. Wells, es por evitar que los devuelvan al siglo XIX, al burro, a la vela y a la tracción muscular. Y es una lucha difícil, porque transcurre bajo las cornisas asesinas de una Habana que se derrumba, y con un pie en el juzgado de guardia, mientras se intenta ilegalmente, adquirir una libra de picadillo para apuntalar el esqueleto, o una pócima casera que amanse la inclemente ferocidad del sobaco tropical.

El deterioro de la economía cubana es tan severo, tan profundo, tan increíble, que los hermanos Castro autores de bombardeo de megacastrones, se sienten como Truman después de Hiroshima. Son ellos, ahora, los que tratan de organizar el salvamento, porque ellos son así, extraños. Primero te aporrean el cráneo minuciosamente. Luego se te lanza al gaznate para darte respiración artificial. Pero le dan mal, porque el problema más grave que tienen Groucho y Harpo Castro es que no entienden a los seres humanos. Por ejemplo, para tratar de rescatar al pais del caos, no se les ocurre otra medida que exigir responsabilidades blandiendo el código penal. Es el padre colérico de o me dicen quién tiró la piedra o los deslomo a golpes. Porque Groucho y Harpo no han vivido, leído, observado o entendido lo suficiente como para percatarse de que los seres humanos se mueven a gusto con el acicate de la recompensa y simulan moverse con la amenaza de los palos. La única verdad incontrastable de la sicología behaviorista radica en que el esfuerzo positivo es mucho más duradero y eficaz que el negativo, y en que más se consigue con terrones de azúcar que con estacazos en las costillas.

Cada cierto tiempo, primero Groucho y luego Harpo zarandean el micrófono para denunciar el caos en que se encuentran sumido el país, y para advertir que rodarán cabezas si esto no se corrige. Al mismo Lussón lo hicieron responsable del desastre del transporte, apocalipsinao de los cubanos audaces que se atreven a tomar el Moncada de la "guaguas" ( autobuses ). Gran injusticia. Lussón no es culpable de que los "guagüeros" destrocen sus equipos, los mecánicos no los reparen, de que el tipo del almacén haya vendido el cigüeñal en bolsa negra, o de que las tres cuartas partes de los pasajeros no paguen sus cuotas. Lussón no es culpable de la voluntad de resistencia, de la desobediencia y del vandalismo en que se entretienen todo el país. Lussón sólo es responsable -y ya eso es grave- de ser ministro de un sistema puntillosamente equivocado en sus presupuestos teóricos y ejemplarmente torpe en el desarrollo práctico.

Porque lo que ocurre en Cuba, de una punta a la otra, es la secreta pero total insubordinación civil, producto del desencanto, el desaliento y la universal pérdida de fe en la dirección política y económica de los hermanos Castro, estado anímico que ha engendrado en la población una insolidaria actitud de sálvese el que pueda. Cuba es hoy un país de vagos que simulan trabajar y de cínicos qu simulan asentir, todos hábilmente encubiertos por una espesa red de complicidades delicitivas, de coartadas complementarias y de "sociolismo" -por "mi socio", mi amigo-, contra la que nada podrá la represión policíaca. Eso no va a cambiar. La fe en la revolución -las revoluciones, como los misterios, son cuestió de fe- es absolutamente irrestituible. Eso va a empeorar. Cada minuto que pasa, el régime, el sistema, y Fidel -todos para uno y uno para todos- son más impopulares. El poder siempre desgasta, pero cuando se ejerce estúpidamente, la erosión llega a ser devastadora. La economía -como dicen los economistas- es un 50 por 100 ciencia exacta y un cincuenta sicología. El trabajo que se realiza es, en un amplísimo porcentaje, el resultado del previo estado sicológico. En esa zona íntima de las creencias, zona en la que nada valen las presiones, zona que determina la conducta laboral y el comportamiento social, la revolución cubana está completa e irreversiblemente liquidada, muerta, kaput y con el encefalograma de los entusiasmos rigurosamente aplanado.

Hay, sí un Ejercito poderoso, sustanciales subsidios soviético y una aparentemente sólida estructura del poder, pero detrás de esa fachada sólo existe una sociedad podrida, desencantada, envilecida, que acabará por derribar el edificio del poder. .

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